Por Ignacio Villaseñor Saldaña

Hay un cuento japonés en el que Sokei, un jóven discípulo del maestro Chojiro, después de muchos años de aprendizaje del arte de la cerámica, se disponía a crear su obra maestra. Totalmente concentrado en la tarea y con todo su corazón puesto en esa pieza, repentinamente sintió el aliento frío de Buruburu, el fantasma del miedo, el cual lo hizo estremecer y provocó que su pieza cayera al suelo y se rompiera en 6 pedazos. Devastado por lo sucedido, Sokei se echó a llorar, y aunque Chojiro le decía que no llorara, no podía evitarlo “¡Cómo no quieres que llore, es mi vida!”. A esto Chojiro le respondió: “Haces bien en poner toda tu vida y tu pasión en esta pieza, pero la cerámica es bella y frágil, como la vida”. Aun entristecido por lo sucedido, Sokei escuchaba las palabras de su maestro, quien finalmente le dijo: “Ha llegado el momento de que te explique una nueva técnica, el arte ancestral del kintsukuroi”.

Kintsukuroi, o kintsugi, es el antiguo arte japonés de recomponer lo roto. Las piezas de cerámica se unen con metales preciosos como el oro o la plata, y lejos de tratar esconder las fisuras, se busca resaltarlas, embellecerlas y darles una nueva vida.

Desde la primera vez que leí sobre este concepto quedé fascinado por la filosofía detrás del arte.

En México y en muchas otras partes del mundo, el fracaso es algo mal visto y que la gente evita. Existen otras culturas, como la judía, que tienen una mayor tolerancia al fracaso, y es por eso que tienen una mayor tasa de creación de empresas innovadoras, porque no se desincentiva a las personas a tomar riesgos y emprender con sus ideas de negocios.

Al analizar startups en las cuales invertir, los inversionistas de capital riesgo siempre revisan el historial del equipo detrás del proyecto. En general, los inversionistas se inclinarán a favor de una idea de 8 con un equipo de 10, que por una idea de 10 con un equipo de 8. ¿Qué es lo que define a un buen equipo? Por supuesto que cuenten con el conocimiento técnico y de negocios para llevar el proyecto. Sin embargo otra cualidad que buscan es que hayan fracasado anteriormente.

Existe un concepto en inglés llamado resilience que está de moda hoy en día porque ha sido identificado como una característica en común entre las personas exitosas. La traducción de básicamente significa resistente, flexible y que tiene el poder de recuperarse. Y es precisamente esta capacidad la que es bien valorada, que seas capaz de recuperarte de tus fracasos, aprender y seguir adelante, no que nunca hayas fracasado.

El poeta y escritor irlandés Oscar Wilde decía “experiencia es simplemente el nombre que le damos a nuestros errores”. Aunque la frase fue escrita en un tono sarcástico, tiene mucha verdad. Una persona con experiencia es aquella que ha superado situaciones difíciles y lidiado adecuadamente con estrés, y por consecuencia es más tenaz y tiene más probabilidades de triunfar en el futuro.

Cambiemos la manera en la que vemos los fracasos. No tratemos de esconderlos. Veámoslos como una oportunidad para aprender una valiosa lección y reconstruirnos, saliendo más fuertes y sabios que antes. Veamos nuestras cicatrices no como recuerdos de vulnerabilidad y el dolor que sentimos en ese momento, sino como heridas de guerra y medallas de honor que demuestran que somos fuertes, capaces de sanar y salir delante de las adversidades que se nos presenten. Cada tropiezo, cada fracaso, cada cicatriz nos ha convertido en la persona única que somos hoy.

La vida es como la cerámica, se puede romper en mil pedazos, pero no hay que dejar de vivirla.